Homenaje de la APDH a Luis Espinal, a los 29 años de su asesinato

Teresa Subieta Serrano

LUIS ESPINAL Y LOS DERECHOS HUMANOS: CONTEXTO EN LA DÉCADA DEL 70

Luis Espinal llega a Bolivia en 1968. Los años 70 América Latina vive una época oscura bajo gobiernos militares de ultraderecha, en Brasil, Argentina, Chile, Uruguay, Paraguay y Bolivia, se encumbran dictaduras de naturaleza fascista, que defienden con violencia los intereses del imperialismo, de la oligarquía y del militarismo.

La previa emergencia de los pueblos por sus reivindicaciones es reducida, en gran parte a sangre y fuego, por las fuerzas retrógradas. La teología de la liberación florece y soplan aires frescos en las reuniones del Episcopado latinoamericano en Puebla y Medellín.

Como se sabe, Hugo Bánzer Suarez, llega al poder en Bolivia mediante un cruento golpe con decenas de muertos, bajo su gobierno continuaron los asesinatos políticos, destacando la llamada “masacre del valle” (Tolata y Epizana), en contra de campesinos indefensos en 1974. Es conocido que, durante los siete años de dictadura, 14.700 personas sufrieron detención, siendo muchas de ellas torturadas. Además 19.140 bolivianos y bolivianas fueron exiliados.

DERECHOS HUMANOS Y PRESENCIA DE LUIS ESPINAL

Elementales Derechos Humanos, consagrados por convenios internacionales, como las libertades de pensamiento, expresión, reunión, asociación son absolutamente contrarios a ese régimen. El esencial derecho a la vida, tampoco es reconocido para quienes el gobierno considera enemigos peligrosos.

Entre las voces contestatarias del heroico pueblo boliviano, que resiste al autoritarismo se encuentra la Asamblea Permanente de Derechos Humanos, APDH, creada en 1976, de la cual Luis Espinal Camps es co -fundador y activista, esta importante entidad congrega, entre otras personas comprometidas, al sacerdote jesuita que se va constituyendo en el más destacado representante de los cristianos progresistas y revolucionarios, un hombre nuevo para una sociedad nueva y mejor.

Lucho, como cariñosamente lo conocíamos, se había destacado en su profunda vocación cristiana y revolucionaria, en el periodismo, en la crítica de cine, en la docencia universitaria, expresando alta calidad humana, vivía con austeridad, infundía confianza y afecto en quienes le conocían. Sus actividades cotidianas eran trincheras para denunciar los múltiples atropellos a los derechos humanos: persecuciones, apresamientos, torturas y asesinatos.

En las sesiones de la Asamblea Permanente de Derechos Humanos, fue un compañero militante de los principios de esta institución, que aportó con claridad ideológica – política a los lineamientos del quehacer de la misma Asamblea, la que contribuyó con acierto a la lucha contra la injusticia social, la explotación del hombre por el hombre y la violencia institucionalizada. Para Lucho, era “sagrado” el derecho a la rebelión del pueblo ante tal situación.

Cuando tenía 33 años, en España, al escribir sus Oraciones a quemarropa, manifiesta su aprecio por el valor del ser humano, al decir: “Aún la persona más vulgar o despreciable encierra su misterio, si lo descubriésemos la llegaríamos a amar…”. También cuando expresa: “La noche es más opaca para los que sufren. Todos los hombres son hermanos nuestros, y no podemos olvidarlo tanto, hasta ni siquiera padecer por ellos.”

No podemos olvidar sus conocidos versos de entrega a la humanidad: “Gastar la vida es trabajar por los demás, aunque no paguen, hacer un favor al que no va a devolverlo, gastar la vida es lanzarse aún al fracaso, si hace falta, sin falsas prudencias, es quemar las naves en bien del prójimo…”.

Lucho, nacionalizado boliviano desde 1970, empleó los medios de comunicación como instrumento al servicio del pueblo, para denunciar la dictadura, el dice: “Basta ya de muerte. Basta ya de destrucción. …las muertes violentas son fruto de todo un sistema egoísta… corrompido radicalmente…: no se respeta la vida, ni la dignidad humana, ni la libertad política,…, ni la libertad de opinión, ni la libertad de pensamiento.”

Para él: “Los tiranos maldicen las ideas. Porque con las ideas llega lo nuevo, la renovación y la libertad”. Al mismo tiempo anuncia la esperanza: “Deseamos una Bolivia para todos los bolivianos,… quienes tengan cargos públicos no se enriquezcan por sus porcentajes,… que los técnicos no emigren fuera del país,… que nadie saque su plata al extranjero en maletas de doble fondo,… que no haya dinero para traidores y traficantes de cocaína…”.

En la Asamblea Permanente de Derechos Humanos nos interpelaba a tener nuestra posición clara, señalando que: “En un sistema de injusticia no es posible la neutralidad. Cualquier opción es política, tanto el sí como el no, o la abstención.” Interpela también a los creyentes cuando manifiesta: “Una religión que no tenga la valentía de hablar a favor del hombre, tampoco tiene el derecho de hablar de Dios”. Lucho valoraba las dimensiones de la vida humana, el ansia de libertad y justicia, la necesidad de que el pueblo sea el protagonista de su historia, recupere su memoria popular y sea artífice del cambio social.

Cuando pienso y siento a Luis Espinal, es contundente el recuerdo de la Huelga de Hambre que compartimos intensamente durante diecinueve días, como representantes de la Asamblea Permanente de Derechos Humanos. Previamente debatimos ampliamente sobre las formas de nuestro apoyo solidario a la extrema medida en la que se involucraban bolivianos y bolivianas que vivían en carne propia la conculcación de sus derechos fundamentales.

LA HUELGA DE HAMBRE POR LA DEMOCRACIA Y LOS DERECHOS HUMANOS

El 28 de diciembre de 1977, como continuación y punto sobresaliente de la resistencia popular, irrumpe la Huelga de Hambre protagonizada inicialmente por cuatro mujeres mineras: Aurora de Lora, Nelly de Paniagua, Angélica de Flores y Luzmila de Pimentel en el Arzobispado de La Paz, con cuatro peticiones: Amnistía general e irrestricta. Reposición en su trabajo de todos los obreros despedidos. Vigencia de las organizaciones sindicales. Retiro del ejército de los centros mineros.

El 31 de diciembre, once huelguistas nos instalamos en oficinas del periódico Presencia, conformando el segundo piquete, con representantes de la APDH, de la Unión de Mujeres de Bolivia, del Comité Interfacultativo de la UMSA y del Teatro Popular. Allí nos encontrábamos: la combativa mujer minera Domitila Chungara, los sacerdotes Luis Espinal, Javier Albó, Pastor Montero, la ex – religiosa Margarita Montoya, Wally Caballero, Fernando Calla, Hugo Ernest, María de Sosa, la Sra. Llanos y Teresa Subieta.

Prosiguió una explosión de piquetes de huelga en dimensión nacional, tanto que a los veinte días de iniciada la medida, se contaban más de 1.200 huelguistas. En la madrugada del 17 de enero, fueron intervenidos muchos recintos de huelga por las fuerzas de la represión, en medio de gran tensión y estupor. En oficinas de Presencia, a insistencia de Lucho, se leyeron las bienaventuranzas de Lucas. El grupo, a iniciativa de Luis Espinal, continuó la huelga de hambre y de sed hasta que se logró la amnistía general.

Son dignos de destacar los respaldos de la Federación de Mineros, Central Obrera Boliviana, de trabajadores y universitarios, así como el apoyo logístico de la APDH como de un sector de la iglesia católica. En las negociaciones finales, creo oportuno destacar la sólida postura de Monseñor Manrique, coherente con la de los huelguistas, lo que contribuyó, junto al decisivo y amplio respaldo popular, el triunfo pleno de la Huelga de Hambre.

Después de recibir amplio respaldo popular, nacional e internacional, vimos doblegarse al dictador y a su gobierno. Fue el 18 de enero de 1978, cuando en una genuina victoria de los trabajadores y del pueblo boliviano, la Huelga de Hambre había vencido de manera inobjetable, logrando sus objetivos y abriendo el camino a la democracia que hoy tenemos, con sus virtudes y defectos.

LUCHO, CONSECUENTE POR LOS DERECHOS HUMANOS, HASTA EL FIN

Durante la Huelga, Luis nos mostró sus verdaderas dimensiones, en la misma se consideró plenamente “inmerso en una experiencia histórica, popular y revolucionaria,… en la oleada de avance de la historia,… en una posición justa y en un momento justo.” Son de trascendental valía sus escritos de entonces, considerados como su Testamento político y espiritual.

Boliviano por elección, a pesar de no haber nacido aquí, su opción fue entregar su lucha y su propia vida para construir una Bolivia mejor. Decía que: “morir por un pueblo da más carta de ciudadanía de nacer en un pueblo” y su muerte física lo confirmó.

Durante este acontecimiento de resistencia no violenta, Lucho al igual que nosotros era presa de la debilidad fisiológica y psíquica, que para él tenía como contraparte la resistencia del organismo y “las inmensas energías de la mente,… cuando el cuerpo necesita los ideales con más urgencia que la propia comida. Cuando se cree en lo que se hace, el cuerpo resiste mejor.” Para Luis el hambre era “una experiencia violenta, que nos hace comprender la valentía y la ira del pueblo,… cuando se comprende mejor la urgencia de trabajar para que haya justicia en el mundo.”

Estaba dispuesto a entregar su vida en esta huelga, cuando escribía entonces sobre la muerte, a la cual: “…la hemos aceptado como posibilidad real y concreta,…como en la guerra… hay cosas que valen más que la propia vida. ¿No será un ideal muy rastrero morirse de senectud y vejez?, ¿no será mejor morir por algo?”.

Y Lucho indica: “No hemos hecho la Huelga de Hambre tú o yo, ha sido todo un pueblo, hemos sido uno más dentro de la corriente. No he hecho nada extraordinario, era algo que simplemente había que hacer”. Pasados dos años, secuestran, torturan y asesinan a nuestro querido Lucho, en la antesala de la narcodictadora de García Mesa y Arce Gómez. Su entierro con más de 80.000 personas y su recuerdo que pervive en el pueblo boliviano, testimonian la invalorable vida de este profeta de nuestro tiempo, con semejanza a la vida de Jesús.

Lucho, junto a Monseñor Oscar Arnulfo Romero, también asesinado días después, forman parte de la legión de cristianos consecuentes hasta el fin, en la construcción de una nueva sociedad, con paz, justicia libertad y sobre todo amor.

Hoy nuestro amigo, compañero y hermano Luis Espinal, yo creo estaría ¡Feliz y en combate! junto a nuestros hermanos indígenas, campesinos, los pobres de las ciudades y las clases medias empobrecidas, enarbolando las banderas de la Nueva Constitución Política del Estado y aportando para la construcción del Nuevo Estado que soñó y soñamos juntos.

Teresa Subieta Serrano
Co-Fundadora de la Asamblea Permanente de Derechos Humanos y
Directora de CONTEXTO
tesusu10@hotmail.com
17 de marzo, 2009.

Enviado por editor el Sáb, 2009-03-21 10:57. categories [ ]