Rolphe Papillon
El derrumbe físico de todos los edificios simbólicos del poder en Haití, el 12 de
enero de 2010, es sólo una metáfora. En realidad, hacía mucho tiempo que el
Palacio Nacional ya no era la verdadera sede del poder ejecutivo y que las gran-
des decisiones políticas se tomaban en otro sitio, e incluso fuera de las fronteras
haitianas.
El escaso número de víctimas bajo los escombros del palacio hundido (menos de una decena de muertos, frente a los 300 en la oficina de las Naciones Unidas en Haití) demuestra que allí, a las 4:53 horas de la tarde en un país en crisis, no ocurría nada.
Clasificado en el puesto 146 de 177 países, según el PNUD, la República de
Haití figura entre los 28 países más indigentes del planeta. En esta tierra en que
la esperanza de vida es inferior a los 60 años, la mortalidad infantil supera el 130
por 1000 (frente a un 15 por 1000 entre los vecinos cubanos), el 80% de los niños
sufren malnutrición y la tasa de analfabetismo supera el 70%. Con estas cifras,
Haití bate todos los récords de pobreza en América. Desde hace varias décadas
una veintena de familias se reparte, celosa y despiadadamente, el 80% de la rique-
za nacional, mientras el pueblo sigue peleando por alcanzar derechos elementa-
les como el derecho a la salud y a la seguridad alimentaria, algo que los anima-
les ya han conseguido entre nuestros vecinos estadounidenses.
En esta situación de por sí dramática, el temblor de tierra llegó como un golpe
de gracia para la población. El mundo pareció al fin conmovido por nuestra lenta
agonía y la solidaridad internacional se movilizó. Los discursos de Obama o las
palabras de Kouchner han sido reconfortantes, a falta de poder escuchar al pro-
pio jefe de Estado haitiano.
Desde las primeras horas que siguieron a la catástrofe, las y los dominicanos,
mexicanos, cubanos, venezolanos y todos aquellos a quienes, por razones políti-
cas evidentes, no se ve por televisión, ya estaban sobre el terreno. “La solidari-
dad es la ternura de los pueblos”, se dice.
En esta carrera de nobles intenciones, nuestros verdugos de ayer se han trans-
formado ante las cámaras en ángeles redentores y vuelan en auxilio nuestro, hasta
el punto de que algunos haitianos llegan a ver una “oportunidad” para que las
cosas, al fin, cambien en Haití.
“Lo más importante en Historia, decía Aimé Césaire, no son los hechos. Son
los vínculos que los unen, la ley que los gobierna y la dialéctica que los suscita”.
Hay que ir más allá de las imágenes fast-food de la televisión y de las ideas pre-
concebidas para comprender la complejidad de los mecanismos que tienden a
mantener Haití en su situación de pobreza absoluta y desmantelarlos para que este
nuevo impulso de solidaridad de los pueblos hacia el pueblo haitiano no esté con-
denado al fracaso.
La larga tragedia de las y los haitianos no comenzó con la dictadura de Duvalier
(1957-1986). Arrastramos tras nosotros el pesado fardo de casi tres siglos de
esclavitud y de doscientos años de desprecio e incomprensión por haber osado ser
la primera república negra en el mundo racista y esclavista del siglo XIX. En
represalia por esta doble revolución, al mismo tiempo antiesclavista y anticolo-
nial, una humillación para el todopoderoso ejército napoleónico, el país tuvo que
pagar un colosal rescate a Francia, correspondiente a 50 millones de francos oro
(el presupuesto anual de Francia en esa época).
Durante el siglo XIX, incluso la lejana Alemania vino a apuntarnos con sus
cañones y a exigir una fortuna en condiciones humillantes. Sus navíos de guerra
volvían a partir como ladrones arrogantes con su botín de guerra. “Echábamos el
dinero, nos dijo el poeta, con la frente alta y el alma orgullosa, igual que se echa
a un oso o a un perro”.
En 1915, la coexistencia pacífica entre una nación construida por propietarios de
esclavos y otra nación de esclavos rebeldes, era inconcebible. Conforme a la doc-
trina de Monroe y para impedir que nacionalistas como Rosalvo Bobo se apodera-
sen del poder, los americanos invadieron Haití. Como preludio a esta agresión, su
primera acción en Puerto Príncipe fue apoderarse manu militari el 17 de diciembre
de 1914 de la reserva de oro del país; un acto de bandidaje internacional (en esa
época, los americanos no habían inventado todavía el concepto de Estado-títere).
“Occidente tiene una memoria corta, nos dice Michel-Rolph Trouillot. Como
es quien escribe la historia, la suya y la de los demás, la historia de los pueblos
es corta. Y (nosotros) orgullosos de nuestra memoria prestada, nos olvidamos del
papel del propio Occidente”.
Tras la marcha de los americanos, en 1934, el prejuicio racial de la era colonial
fue restaurado. Ellos mismos redactaron una nueva constitución para el país y
pusieron en pie las “fuerzas armadas modernas”. Estas fueron quienes instalaron
en el poder a François Duvalier, uno de los dictadores más delirantes de la
Historia de América Latina, fundador de lo que el novelista Graham Greene
denominó “una república de pesadilla”.
Entre 1957 y 1986 (los años Duvalier), la deuda externa se multiplicó por 17,5,
llegando a alcanzar los 750 millones de dólares en 1986. Con el juego de los inte-
reses y las penalizaciones de las instituciones financieras internacionales, en 2008
alcanzó la astronómica suma de 1.884 millones de dólares, según el CADTM
(Comité para la Anulación de la Deuda del Tercer Mundo).
Es evidente que el embrión de Estado haitiano moderno ha sido constante y
conscientemente destruido por nuestros propios regímenes autoritarios. Pero a la
hora del balance, es forzoso constatar que el drama haitiano encuentra también
importantes elementos de explicación en una ayuda internacional inadecuada,
muchas veces incompetente y corrompida y que, por añadidura, impone sus deci-
siones económicas y políticas al país.
Las Naciones Unidas, por citar un ejemplo visible, justifican su presencia en
Haití por la necesidad de luchar contra la presunta inseguridad, cuando el país
detenta una tasa de criminalidad inferior a la de Brasil (que dirige la MINUSTAH,
contingente armado de Naciones Unidas en Haití), inferior a la de Jamaica, la
República Dominicana y la mayor parte de los países vecinos. El 3 de noviembre
de 2007, 111 soldados del MINUSTAH fueron repatriados a su país después de
que el informe de una investigación de los servicios de control internos de las
Naciones Unidas (OIOS) hubiese dado credibilidad a las denuncias por explota-
ción sexual que se les achacaba. Esos militares habrían obtenido favores sexuales
a cambio de dinero, sobre todo por parte de chicas menores. ¿“Seguridad”, dicen?
En seis años de presencia de tropas de la ONU en Haití no se ha creado ninguna
estructura seria y la esperanza de un mañana mejor sólo encuentra justificación en su
discurso de autolegitimación y de autosatisfacción, tan arrogante como mentiroso.
Tras la catástrofe del 12 de enero de 2010, la MINUSTAH no movilizó hacia
la capital en peligro a ninguna de sus tropas, asentadas en las playas de provin-
cias. En Puerto Príncipe mismo, durante las dolorosas 72 horas siguientes al seis-
mo, no ví a ningún policía ni soldado de la MINUSTAH manos a la obra. Se que-
daron de brazos cruzados cuando en esta carrera contra reloj había que excavar
rápido y salvar vidas humanas. Esta ocupación disfrazada de misión humanitaria
no cuesta menos de 600 millones de dólares al año. Es fácil imaginar cuántos hos-
pitales, escuelas, carreteras y conducciones de agua podrían hacerse con semejan-
te presupuesto si nosotros, los haitianos, tuviésemos el poder de sustituir a estos
“expertos internacionales” y estos generales por ingenieros y médicos.
Al contrario de la opinión generalmente admitida, en cuanto a corrupción, pro-
yectos insensatos y desvío de fondos, los haitianos son sólo unos pobres aprendi-
ces. La mayor parte de estos prestigiosos organismos internacionales son nues-
tros maestros y las lecciones nos salen dolorosamente caras.
Si no se pone en marcha una solución haitiana a la crisis, el futuro de Haití corre
el riesgo de jugarse, en los próximos días, fuera de Haití y contra los intereses de
las y los haitianos, en lugar de hacerse por y para nosotros. Esta solución consis-
te ante todo en asegurar que lo internacional respete sus límites de intervención.
La soberanía nacional no es negociable, ni siquiera en el desamparo.
La ayuda masiva internacional debe estar sometida a un liderazgo haitiano
responsable, que rinda cuentas a los donantes y sea sancionable ante la ley.
La ayuda debe ser adaptada a las demandas locales, y responder a sus necesidades.
Los haitianos deben poder decidir si tras un temblor de tierra necesitan 12.000
marines US o 12.000 médicos y socorristas.
A medio camino entre el país de Monroe y una América del Sur que se sien-
te bolivariana, el país se puede encontrar una vez más en medio de los conflic-
tos geoestratégicos y la catástrofe haitiana corre el riesgo de servir de trampo-
lín a las potencias “amigas” de Haití y a sus dudosas ambiciones.
La caridad, por desinteresada que sea, por generosa que sea, arrastra a menu-
do efectos perversos. Los haitianos no deben perder de vista que a largo plazo,
la ayuda debe “ayudarnos a prescindir de la ayuda”.
La ayuda humanitaria, si esta vez es seria y honesta, debe comenzar por la anu-
lación incondicional de la deuda de Haití. “Hay que poner fin a la espiral infer-
nal del endeudamiento y conseguir que se establezcan modelos de desarrollo
socialmente justos y ecológicamente duraderos”, como dice el CADTM.
Algunas obligaciones impuestas al pueblo haitiano por las instituciones financie-
ras internacionales en su lógica implacable del beneficio provocan tantos daños a
largo plazo como un temblor de tierra de magnitud 7,3. Hay que pensar en la reti-
rada de los planes de ajuste estructurales asesinos, que hacen aún más vulnerable
al Estado, y abren la puerta a las sociedades transnacionales privadas. Y en abo-
lir el acuerdo de patrocinio económico (APE) impuesto por la Unión Europea en
Haiti en 2008 que, entre otras cosas, establece la liberalización total de los movi-
mientos de capitales y de mercancías. En suma, asegurarnos de que todos esos
billetes que nos han prometido, si es que se concretan alguna vez, no sean bille-
tes de ida y vuelta.
Entonces podremos comenzar a hablar de reconstrucción. La primera cosa
que hay que reconstruir es tal vez la imagen del país, que se empeñan en des-
truir haciéndonos pasar por un país violento, entre otros mitos rentables. Con
semejante imagen falseada no vamos a atraer a turistas o a inversores.
¿Han visto ustedes alguna vez un país que se desarrolla gracias a la ayuda
humanitaria?
Por lo demás, si esta catástrofe nos puede enseñar algo es, sin duda, la necesidad
de descentralizar el país. Comencemos por descentralizar la ayuda, porque las pro-
vincias no afectadas directamente por el seísmo también sufren sus consecuencias.
Los donantes extranjeros de buena fe deben identificar y establecer un puente con
las instituciones locales y las organizaciones de base que, ya antes de la crisis, se interesaban por la suerte de los haitianos y daban muestra de seriedad y eficacia sobre el
terreno, con el fin de apoyarlos en su esfuerzo de desarrollo con toda dignidad.
En caso contrario, todo hace pensar que en diez años, las gigantescas sumas de
dinero que están siendo recogidas habrán sido disipadas en vano, entre corrupción
local e internacional, proyectos inútiles y salarios de “expertos internacionales”.
Y entonces se nos volverá a criticar, a los haitianos, por nuestra “incompetencia”.
Rolphe Papillon es periodista. Fue alcalde de Corail.
VIENTO SUR
Número 109/Abril 2010